La plasmación en el contrato social de la discriminación por sexo (y por raza)

En La Guachimana presentamos el magnífico artículo de Ana Rubio: Ciudadanía y sociedad civil: avanzar en la igualdad desde la política. Aquí la autora explica cómo se ha ido construyendo los conceptos de soberanía y ciudadanía para rematarlo con el contrato social y, cómo para la firma de este contrato quedaron excluidas las mujeres. Sus ideas permiten vislumbrar cómo se ha recreado también la discriminación racial. No hay que perder de vista que la discriminación por sexo es la base del resto de discriminaciones.

El poder político es una construcción social. Se ha impuesto la idea de poder político de un pequeño grupo de hombres propietarios y de raza blanca. Este grupo utilizó –y lo sigue haciendo- la razón para evitar que personas diferentes a ellos entraran al pacto social. Estos hombres detentadores del poder le asignaron arbitrariamente a las otras personas un rol en la sociedad: el de no tener capacidad de raciocinio, el no tener talento etiquetándolo como un ser que no ha sido dotado de razón. Esa razón ilustrada que sirvió para salir de la minoría de edad al hombre burgués europeo, fue el arma filosófica para dejar fuera y marginar a hombres pobres y de piel oscura y a las mujeres. Por eso, en el caso de las mujeres, es que durante mucho tiempo se les negó ese derecho político por antonomasia: el derecho de sufragio. Cuando por primera vez se pone en marcha el sistema representativo mediante el derecho al voto, las mujeres fueron apartadas de este derecho porque se consideró que por el solo hecho de su sexo, es decir, sólo por ser mujer no tenía capacidad de razonar y no podría votar porque su voto sería manipulado por otras personas. A las mujeres se les dio –arbitrariamente- el estatus de menor de edad y de sujeto débil por eso es que no tenía acceso a la educación ni a la administración de sus propiedades. Entonces para –encerrarla con un “buen” candado- se le atribuyó un ámbito “de y para ellas”: el privado doméstico. Su ámbito, según los filósofos políticos de la Ilustración: NATURAL.

Tal como explica brillantemente Ana Rubio, el estado de naturaleza ha sido tradicionalmente considerado por la doctrina constitucional como el contexto que justifica el fin y el valor del Estado. El estado de naturaleza simboliza el espacio en el que se impone la ley del más fuerte,  la voluntad individual sin freno y en el que falta la mediación de la razón, al no haber cristalizado la Ley. La autora concluye que: Esta representación del Estado de naturaleza está cumpliendo dos funciones: servir de fundamento al nuevo orden político y representar a las mujeres como seres no racionales y esencialmente reproductivos. Así se concibió al poder político y al contrato social como un poder sólo de y para hombres blancos y con riqueza, con bienes materiales, sólo ellos eran y son seres racionales que han superado el estado de naturaleza. Éste es el sentido histórico del poder político que hasta hoy sigue condicionando la idea de igualdad.

Es importante conocer la historia para criticarla y avanzar y no olvidar que así se ha construido la discriminación por sexo cuya consecuencia fundamental está en el contenido de poder, soberanía, de poder constituyente. A partir de esta discriminación se han recreado –y se siguen reinventando- las demás. En el Perú por ejemplo, sobre la base de discriminación por sexo, la oligarquía remedó el discurso del hombre blanco europeo y se puso en sus zapatos. Actuó apropiándose del fenotipo blanco  para conservar el poder y le negó el voto a las mujeres de su círculo (ejemplo que pervive como es el caso del Club de Regatas en Lima), a las mujeres de otras etnias, a los hombres sin propiedad y a los denominados indígenas. Quienes detentan el poder en el Perú recrean el discurso discriminador y le atribuyen arbitrariamente el grado de raciocinio al resto de personas sólo por su sexo y su etnia y raza de las cuales no son responsables. Se les excluye del disfrute de sus derechos por razones de color de piel y por su sexo. El prejuicio aparece pues, como una barrera social, política y económica eficaz.

En sociedades donde el voto ya es universal: la barrera fundamental para mantener tales exclusiones sigue siendo la capacidad de razonar. Ello se palsma en el derecho a la educación que es el más escaso. La educación pública –que es la que debe llegar a esa población excluida- es totalmente deficiente, precisamente porque pervive el prejuicios de que la población indígena no tiene capacidad de raciocinio. A la población peruana pobre, rural, que no tiene al castellano como lengua materna se le impone la etiqueta de “indígena” para apartarlo del contrato social (de los derechos como la educación y los derechos políticos). Se cree que no tiene capacidad de raciocinio y se le asigna arbitrariamente su espacio: el más duro, el “natural”: ese espacio donde el Estado no llega. En este espacio sobrevive en condiciones infrahumanas por el sólo hecho de su color de piel. Esta discriminación racial histórica está presente el discurso y en el hecho político. El pasado diciembre de 2008, hace sólo unos meses, el Presidente el Perú Alan García manifestó en un mitin que prefería a los cobrizos que a los pitucos (pijos, de clase social acomodada) izquierdistas que recibe dinero en sus ONG. García ensalzó a la gente según él de piel cobriza diciendo: son los héroes anónimos que no reciben sueldo ni dinero del extranjero. He aquí el potente lenguaje racializado en el ámbito político. He aquí la pervivencia de la discriminación racial en las élites dirigentes del Perú. Éste no es más que el reflejo de la realidad jurídico-política peruana, el Estado neoliberal que defiende García es justificado por la raza o etnia de las personas. Los héroes anónimos  para Alan García son de piel oscura y, por tanto, no deben esperar, ni exigir prestaciones estatales. No son ciudadanos, sólo son súbditos. El espacio privado propio de un Estado abstencionista que García defiende está gobernado por el mercado, por la ley del más fuerte y allí están los cobrizos para vender su fuerza de trabajo en función de la sobreexplotación, de ahí que García con su discurso liberal clásico les atribuya –por el solo hecho del color de su piel- su espacio NATURAL: el trabajo sin protección de derechos sociales y en condiciones de sobreexplotación. 

Sirva pues, el Artículo de Ana Rubio para reflexionar sobre cómo se recrean las exclusiones.