El reflejo de la violencia de género en “La Teta Asustada”

La película peruano-española La Teta [o leche] Asustada ha sido premiada en el Festival de Berlín, 2009, con el Oso de Oro. En ella se refleja gran parte de una realidad peruana que no obstante ser visible, se silencia tanto dentro como fuera del país. Se trata de un Perú urbano donde vive la mayoría de la población y que se encuentra afectada por la pobreza y la violencia estructural. La película muestra crudamente las profundas desigualdades de la sociedad peruana actual y especialmente, evidencia la crudeza de la discriminación de las mujeres. Una discriminación que la élite intelectual peruana se niega a reconocer. Antes de ver la película, en el Perú se han alzado voces tachándola de racista. Es cierto que en la sociedad peruana la discriminación racial histórica atraviesa a todos los ámbitos de la vida. Pero no hay que olvidar que la raíz de esta discriminación como las otras formas de exclusión está en la discriminación por sexo. De esto, sociólogos, politólogos o representantes del sector académico masculino no han dicho nada. Sólo han mostrado su discurso formal respecto de la raza y siguen ocultando su raíz. La Teta Asustada ha puesto el dedo en la llaga, una llaga que infecta a toda la sociedad peruana y que está siendo silenciada por su academia patriarcal y por la inacción de los poderes públicos.

Dada la trascendencia internacional de esta película y del escenario que muestra, es importante señalar brevemente la realidad de esta parte del Perú. Su escenario es el Perú mayoritario, esa población marginada que vive en la costa, alrededor de las grandes urbes o dentro de ellas y que no goza ni de las más mínimas prestaciones del Estado. Etnocéntricamente, este Perú es denominado por los “estudiosos de las ciencias sociales” como “cultura” chicha, chola, informal, mestiza, popular, etc. El discurso sociológico lo considera como la “cultura” resultante del mestizaje y de la migración de la población andina hacia la costa. La élite dirigente, académica y urbana, ya no define a esta gente “migrante” por la raza sino por el concepto de “cultura”. La cumbia, la chicha y toda manifestación de este sector “popular” es infravalorada. Sucede lo mismo cuando en los países del primer mundo se discrimina a la población extranjera. Dichas elites se refieren a los pobladores de las zonas excluidas de la costa como lo “chicha”, lo informal, lo popular.

Según los datos del documento Perú: Crecimiento y Distribución de la Población, 2007 del Instituto Nacional de Estadística e Informática (INEI), el Perú tiene una población total de 28 millones 220 mil 764 habitantes. En términos porcentuales, la Costa representa el 54,6%, es decir, es la región que alberga más de la mitad de la población del país. Es de destacar, que en el censo de 1940, la población de la Costa representaba el 28,3% de la población total, la Sierra (los Andes) el 65,0% y la Selva el 6,7%. En la actualidad, después de 67 años, la distribución de la población se ha modificado sustancialmente, pues de ser predominantemente andina ha pasado a ser mayoritariamente costeña. Una de las razones de esta modificación es el exacerbado centralismo de la organización territorial del Estado Peruano. La costa es el paradigma del desarrollo y Lima el centro de este paradigma. Desagregando estos datos por sexo, el Censo del 2007 indica que la población masculina del Perú es del 49,7% de la población censada. La población femenina del 50,3%. Más de la mitad de la población peruana está conformada por mujeres. No obstante su mayoría numérica, ésta es la población más débil frente a la violencia material y simbólica.

Y es que, la violencia de género y la dominación de las mujeres abarca a todas las formas de violencia, no sólo la que se manifiesta entre la pareja vinculada a las relaciones amorosas. No existen datos en el Perú sobre todas las formas de violencia que sufren las mujeres, sólo hay datos de la violencia dentro de la familia.  Según el Ministerio de la Mujer y Desarrollo Social - Mimdes (noviembre 2008), en el Perú cuatro de cada diez mujeres sufren violencia física de parte de su pareja y cada mes mueren nueve mujeres a manos de sus esposos, convivientes o ex parejas. El Informe Final de la Comisión de la Verdad y Reconciliación señala que la mayoría de mujeres afectadas por el conflicto armado vivían en las comunidades y pueblos de la sierra sur del país (Ayacucho, Huancavelica, Apurimac). Se trata de zonas rurales pobres y alejadas cuyos habitantes son parte de grupos campesinos secularmente excluidos social, económica y políticamente. Además ellas han sido, en muchos casos, objeto de burla, maltrato y humillación por su condición de indígenas. (Tomo VIII. Capítulo 2: El impacto diferenciado de la violencia sobre Violencia y desigualdad de género). Llama la atención cómo en el Informe se apela a la «herencia colonial» de esta violencia y no se repara en que tras 188 años de Estado independiente, la sociedad peruana es ahora la responsable de esta discriminación. Hay que aclarar que jurídicamente su élite dirigente es la responsable directa. Quienes están en los ámbitos de decisión pública deben realizar actuaciones para erradicar esta discriminación.

Así las cosas, las mujeres en el Perú tanto de los estratos sociales ricos como de los pobres, son  infravaloradas y sufren la violencia estructural que la ejercen los propios hombres peruanos al margen de su color de piel. Lo que hace la película citada es mostrar la violencia de género en los estratos pobres. Ello no significa que la violencia de género en las élites autodenominadas blancas no exista. Claro que existe. Hay que recordar que los máximos jefes de las fuerzas armadas son personas auto-referidas como “blancos”. Las fuerzas armadas tienen una estructura patriarcal y racista.

En realidad esta cinta nos presenta la violencia que afecta a la mayoría de las peruanas. Muchas veces esta violencia no puede ser verbalizada, definida, descrita por las víctimas o en todo caso, se termina negando que exista. Millett dice que se trata de una violencia histórica que marca las relaciones sociales de dominio y subordinación entre hombres y mujeres y que en nuestro orden social, apenas se discute, y, en casos frecuentes, ni siquiera se reconoce (MILLETT, Kate. Política sexual. Madrid, Cátedra, 1995, p 70). Las mujeres de las zonas más acomodadas de Lima sufren violencia de parte de los hombres y tienden a negarlo o ignorarlo porque por su carácter estructural no se puede percibir fácilmente como un atentado a su dignidad. Algunas veces esta violencia histórica se manifiesta en dispositivos tales como Estatutos de Asociaciones, reglas o prácticas de ascenso profesional, prácticas laborales, etc., donde la discriminación indirecta les afecta.

Al margen de la historia irreal de la patata introducida en la vagina de la protagonista  para evitar violaciones sexuales, la película denuncia cómo las mujeres, por el sólo hecho de serlo, fueron las más vulnerables durante el conflicto armado que vivió el Perú durante 20 años ocasionado por grupos terroristas (Sendero Luminoso y el Movimiento Revolucionario Túpac Amaru - MRTA), por las Fuerzas Armadas peruanas y demás agentes del propio Estado. Las violaciones sexuales fueron practicadas sistemáticamente como parte de las reglas de la guerra interna. Las mujeres al no ser consideradas sujeto de derechos son vistas como meros objetos, en consecuencia, desde la mentalidad del soldado raso hasta el máximo responsable jurídico de las instituciones militares dicha  violación es vista dentro de la normalidad y en el ámbito político-jurídico, no ha significado responsabilidad alguna. Ni el gobierno de Alejandro Toledo ni el de Alan García han tomado medidas para erradicar la violencia de género.

En la película, la protagonista Fausta, una joven de origen andino que vive en la costa peruana en condiciones de pobreza, ha heredado de su madre el miedo al sistema patriarcal. Su madre fue víctima de esa sistemática violación sexual durante el conflicto armado. Por ser mujer y no blanca fue la más afectada. Fausta tiene miedo a caminar sola por las calles. Las expresiones de miedo que la actriz muestra pone en evidencia la cruda realidad peruana. Este miedo generado por la violencia de género está relacionado con manifestaciones que a los ojos machistas pueden ser un elogio. Al respecto, Amelia Valcárcel dice que en la época del régimen dictatorial de Franco las mujeres no podían caminar por las calles libremente porque eran acosadas por los hombres. Valcárcel recordaba que las mujeres españolas al no ser consideradas como ciudadanas, las calles se convertían en un espacio violento para ellas. Los hombres dueños de este espacio ejercían sin vergüenza e impunemente su rol social de macho mediante el acoso sexual (desde el piropo hasta la violación sexual). Valcárcel afirmaba “no éramos dueñas de las calles, no éramos ciudadanas”. Éste era un recuerdo de una de las mujeres españolas de una sociedad de hace más de 40 años. Pero, actualmente, en pleno siglo XXI, en muchos países como el Perú, las mujeres son el blanco de todo tipo de violencia, verbal, material, simbólica, etc., en tiempos de guerra y también de paz.

En la guerra y en la paz, las mujeres peruanas en algún momento de su vida han sufrido el acoso, por ejemplo, de piropos donde el lenguaje del macho es el arma sicológica más potente. Algún municipio limeño intentó poner fin a esta práctica machista sin éxito alguno. El piropo del hombre es el ejemplo más claro del sistema patriarcal donde las mujeres tienen que “acatar” sus reglas. Lo que el hombre decide gritar sobre las mujeres implica su reafirmación de poder en las calles. Es un grito que hace hincapié acerca de la ciudadanía. Ellos son, mediando violencia verbal, los ciudadanos natos, las mujeres no. ¿Qué mujer en el Perú no ha sufrido los embates del carnaval, una fiesta violenta donde se  arroja agua y demás productos nocivos especialmente a las mujeres en contra de su voluntad? El índice de violación sexual, aun en tiempos de paz, en el Perú es enorme. Las mujeres viven con un miedo permanente.  Es un miedo al rol social de macho que el hombre acríticamente practica. Fausta refleja el susto y el miedo que muchas mujeres peruanas sufren no sólo como consecuencia del terrorismo, sino por la violencia estructural que existe en la sociedad y que se manifiesta mediante el machismo y el racismo. La película refleja el machismo y la dominación de las mujeres en un mundo racialmente discriminado. Es la discriminación de los discriminados.

Tal vez las mujeres peruanas de las zonas integradas a la modernidad no hayan notado esta violencia, lo niegan o lo ignoran. Pero estas mujeres saben que no pueden caminar libremente por las calles polvorientas donde camina Fausta y su familia. Siempre serán objeto de alguna manifestación violenta del hombre incluso a pesar de que fuera éste económicamente inferior. Al revés, las Faustas dentro y fuera de sus zonas sufren la violencia de la  doble discriminación: racial y por sexo. La violencia contra las mujeres es difícil de ser percibida de ahí que las voces críticas de la película sólo han visibilizado la discriminación por raza o la violencia de género durante el conflicto armado ocultando la discriminación por sexo estructural en tiempos de paz y de guerra.