Auge y caída de las teorías racistas

Autor: George M. Fredrickson
 

Hasta la Edad Media, las comunidades se discriminaban entre sí. Pero, en los siglos posteriores, la Biblia, la economía y la ciencia se aliaron para crear un fenómeno nuevo: la jerarquía de la raza.

Hasta la Edad Media, las comunidades se discriminaban entre sí y luchaban por el poder. Pero en los siglos que siguieron, la Biblia, la economía y la ciencia se aliaron para crear un fenómeno nuevo: la jerarquía de la raza. Existe racismo cuando un grupo étnico o una colectividad histórica domina, excluye o intenta eliminar a otro alegando diferencias que considera hereditarias e inalterables. Según este concepto, la base ideológica del racismo explícito se fraguó en Occidente durante la Edad Media: antes de ese periodo, no se encuentra en Europa ni en otras culturas ninguna prueba clara e inequívoca de racismo que no fuera mera discriminación o rivalidad.

Quizás la primera señal de esta visión racista del mundo radique en la asociación del judaísmo con el diablo y la brujería en las mentes populares de los siglos XIII y XIV. La sanción oficial de dichos comportamientos apareció más tarde en la España del siglo XVI con la discriminación y exclusión de los judíos conversos y sus descendientes.

En el Renacimiento y la época de la Reforma, los europeos tuvieron cada vez más contactos con pueblos de pigmentación más oscura procedentes de África, Asia y América, y empezaron a opinar sobre los mismos. Aunque la trata de esclavos africanos se debió principalmente a motivos económicos (las plantaciones del Nuevo Mundo necesitaban su trabajo), la versión oficial era que se trataba de infieles. Los comerciantes y amos de esclavos se justificaban interpretando un pasaje del Génesis: Cam, alegaban, cometió un pecado contra su padre, Noé, que condenó a sus descendientes (supuestamente negros) a ser “siervos de los siervos ”. Cuando en 1667 el estado de Virginia decretó que los esclavos conversos seguían siendo esclavos –no ya porque fueran infieles, sino porque descendían de infieles–, la justificación de la esclavitud de los negros dejó de ser religiosa y pasó a ser racial. A finales del siglo XVII, en las colonias inglesas de Norteamérica se aprobaron leyes que prohibían los matrimonios entre blancos y negros, y que discriminaban a los hijos mestizos nacidos de relaciones informales. Sin declararlo abiertamente, tales leyes significaban que los negros eran de forma inequívoca extranjeros e inferiores.

En el Siglo de las Luces, las teorías laicas o científicas sobre la raza sustituyeron a la influencia de la Biblia y su visión de la unidad esencial de la raza humana. Etnólogos del siglo XVIII como Linneo, Buffon y Blumenbach opinaron que los seres humanos formaban parte del mundo natural y los subdividieron en 3 o 5 razas, generalmente consideradas variedades de una única especie humana. Pero, a finales del siglo XVIII y principios del siglo XIX, un número creciente de escritores, especialmente los defensores de la esclavitud, mantuvo que las razas constituían especies diferentes.

El siglo XIX se caracterizó por la emancipación, el nacionalismo y el imperialismo, que contribuyeron al aumento del racismo ideológico en Europa y Estados Unidos. Aunque la emancipación de los negros y la salida de los judíos de los guetos fueron apoyadas mayoritariamente por personas creyentes y laicas que creían en la igualdad entre los hombres, lo cierto es que tuvieron como consecuencia una intensificación del racismo. Las relaciones entre las diferentes razas se volvieron menos rígidas jerárquicamente, pero más competitivas. La inseguridad vinculada al incipiente capitalismo industrial justificó la búsqueda de chivos expiatorios. Los conceptos darwinianos de “lucha por la vida” y “supervivencia del más fuerte” propiciaron el desarrollo de un nuevo tipo de racismo con mayor base científica.

Fue el nacionalismo, y en concreto un tipo de nacionalismo cultural romántico que unía el patrimonio étnico (desde el punto de vista de la sangre) a un sentimiento de identidad colectiva, el que marcó el nacimiento de una nueva variante del pensamiento racista, especialmente en Alemania. Entre finales de los años 1870 y principios de 1880, los acuñadores del término “antisemitismo” afirmaron explícitamente lo que algunos nacionalistas culturales habían esbozado antes: ser judío en Alemania no significaba sólo adherir a un tipo de creencias religiosas o prácticas culturales, sino pertenecer a una raza que era la antítesis de aquella con la cual se identificaban los alemanes auténticos.

El apogeo del racismo

A finales del siglo XIX el imperialismo occidental alcanzaba su apogeo. La “lucha por África” y las incursiones en partes de Asia y del Pacífico eran una afirmación del nacionalismo étnico competitivo que se pensaba existía entre las naciones europeas (y que, a raíz de la guerra entre España y Estados Unidos, incluyó a este último país). También constituía la reivindicación, con supuesta base científica, de que los europeos tenían derecho por su nacimiento a gobernar a los africanos y a los asiáticos.

Sin embargo, fue en el siglo XX cuando la historia del racismo alcanzó su apogeo, con el auge y la caída de los regímenes abiertamente racistas. En el Sur de Estados Unidos, las leyes segregacionistas y las restricciones sobre el derecho de voto de los negros redujeron a la población afroamericana a un estatus de casta inferior. El temor a la contaminación sexual por violación y a los matrimonios mixtos era tan intenso que se trató de impedir las uniones conyugales entre blancos y todos aquellos cuya ascendencia africana se conociera o fuera perceptible.

La Alemania nazi llevó la ideología racista hasta su extremo al intentar exterminar a todo un grupo étnico. Se suele decir que después de Hitler el término racismo tiene connotaciones peores. La desaprobación moral que provocan en todo el mundo los actos de los nazis y los estudios científicos que defienden la genética racista (eugenismo) han contribuido a desacreditar el racismo científico, que antes de la Segunda Guerra Mundial era influyente y respetable en Estados Unidos y Europa.

El racismo explícito también fue duramente criticado con el nacimiento de nuevas naciones a raíz de la descolonización de África y Asia. En Estados Unidos, el Movimiento de Derechos Civiles que logró proscribir la segregación racial y la discriminación en los años 1960, se vio favorecido por el creciente sentimiento de que los abusos y malos tratos que sufrían los negros de Estados Unidos constituían una amenaza para los intereses nacionales. En la competición con la Unión Soviética por conquistar “el corazón y la mente” de los países africanos y asiáticos independientes, el sistema discriminatorio conocido como ley de Jim Crow se convirtió en una vergüenza nacional que podía acarrear consecuencias estratégicamente negativas.

El régimen sudafricano fue el único en sobrevivir a la Segunda Guerra Mundial y la guerra fría. Las leyes aprobadas en 1948 que prohibían las relaciones sexuales y los matrimonios entre diferentes “grupos de población”, y que decretaban que los mestizos y los africanos tenían que vivir en áreas residenciales separadas, evidenciaban una clara obsesión por la “pureza de la raza”. Sin embargo, la opinión generalizada en el mundo a raíz del Holocausto indujo a los defensores del apartheid a justificar ese “desarrollo separado” por motivos culturales y no físicos.

La derrota de la Alemania nazi, el fin de la segregación racial en el Sur de Estados Unidos y la instauración de un gobierno de la mayoría en Sudáfrica permiten suponer que los regímenes basados en el racismo biológico o la pureza cultural pertenecen al pasado. Sin embargo, el racismo no requiere el apoyo explícito y total del Estado y sus leyes, ni tampoco una ideología centrada en el concepto de la desigualdad biológica. La discriminación por parte de instituciones e individuos contra quienes pertenecen a otra raza puede pervivir e incluso prosperar sin tener claros tintes racistas, como lo comprobaron recientemente los historiadores en Brasil. Escudarse tras diferencias culturales supuestamente enraizadas para justificar la discriminación contra los emigrantes de países en desarrollo (ya sean los argelinos en Francia, los turcos en Alemania, los pakistaníes en Inglaterra o los mexicanos en Estados Unidos) se asemeja a una nueva forma de “racismo cultural”, a pesar del rechazo explícito de los grupos dominantes de cualquier tipo de superioridad biológica.

Nuestro mapa común

Cuando los científicos dieron a conocer el mapa del genoma humano hace más o menos un año, la prensa anunció una avalancha de nuevos tratamientos y medicinas para curar enfermedades hereditarias, como algunas formas de diabetes. Pero más allá de sus eventuales aplicaciones médicas, ese resultado asestó también un golpe decisivo al racismo, pues hizo desmoronarse el mito de la raza. La investigación genética demuestra que todos descendemos de un antepasado común en África. Además, la mayoría de las diferencias genéticas del hombre existían en todas las poblaciones y cabe presumir que aparecieron antes de que los humanos abandonaran ese continente hace unos 50.000 años y se dividieran ulteriormente en grupos étnicos o “raciales”. Se ha calculado que, en la totalidad del material genético, sólo 0,012% de la variación de unos seres humanos a otros puede atribuirse a diferencias entre lo que se da en llamar “razas”.

Sin embargo, es posible que algunas enfermedades genéticas tengan su origen en ese escaso margen de diversidad que ha provocado un acalorado debate en la comunidad científica internacional. Al recoger y comparar muestras de ADN, ¿deben los genéticos indicar la etnicidad de los donantes?

Los que se oponen a la identificación étnica señalan que lo más probable es que ese tipo de información sea inútil, dado que la mayoría de las enfermedades genéticas obedecen a variaciones que se han propagado a la totalidad de la población humana. Los que piensan lo contrario estiman que, al mencionar o controlar la etnicidad, los genéticos pueden estar seguros de tener en cuenta en sus análisis a todos los grupos. Algunos bioéticos insisten también en que, manejados debidamente, esos estudios de población podrían ser útiles para demostrar hasta qué punto nuestro material genético es el mismo y refutar la creencia corriente de que algunos grupos son “genéticamente” más inteligentes y avanzados que otros.

 

Este artículo fue publicado originalmente en: El Correo de la UNESCO. Septiembre de 2001 

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