Mi año sabático

Autor: Ricardo Medina

Hace un año aproximadamente, mi colega el profesor José Asensi celebraba el comienzo de mi año sabático en las páginas del diario Información de Alicante, el mismo que se ha negado a publicar este artículo, por razones que ignoro pero sospecho que tienen que ver con mi no pertenencia al grupo de articulistas ideológicamente afines al diario. No obstante, semejante publicidad y el imperativo judeocristiano de justificarse ante los demás, me obliga hoy a explicar, aunque sea ante otros lectores, lo hecho durante ese período.

El origen remoto del año sabático es judío y agrario. En la antigüedad, los hebreos de Palestina, cada seis años, dejaban los campos en barbecho durante uno para preservar la precaria fertilidad de una tierra escasa en aguas. Trasladaban así el simbolismo religioso del sábado, día de descanso semanal, a la producción agrícola con una evidente y lógica intención económica. O viceversa, los requerimientos de la producción agrícola se habrían sublimado en precepto religioso.

Después, la Universidad incorpora la idea a la producción intelectual proporcionando a sus miembros un año, curiosamente, cada seis como en la tradición hebrea, exento de docencia. Se entiende que durante ese tiempo el afortunado es libre para investigar lo que quiera, con las únicas limitaciones que le impongan la coherencia y la oportunidad del tema escogido. No es un año de ocio pero tampoco ha de ser de negocio. Se trata de distanciarse de la rutina diaria para sumergirse en las simas del conocimiento. El espíritu divaga por esos espacios, privativos de los que nos dedicamos a esta profesión, con la misma sensación de flotabilidad que un artista en trance o un feto en el seno materno. En realidad se trata del anhelo perpetuo, de la verdadera ilusión, que nos mueve a dedicarnos a esto, que es la profesión por excelencia, porque profesamos del mismo modo que un religioso consagra su vida a la contemplación del fenómeno divino, pero sin el agravio de los tres votos. Algo incomprensible y excéntrico, fuera de la realidad, viviendo en lo más íntimo de nosotros. En ese estado el espíritu se siente libre y, por tanto, feliz. Es nuestro único privilegio, es lo que nos diferencia de los demás.

En la actualidad, se ha vulgarizado el concepto en dos sentidos: por una parte, a la gente el año sabático le suena a holganza, a disipación, a goces paganos e, incluso, demoníacos. Por otra, el enigmático concepto se ha extendido a las más variadas actividades laborales. Cuando a uno no le van bien las cosas en el trabajo, o la salud se le resiente por causa del stress o del mobbing o cualquier otra repugnancia, se le recomienda que se tome un año sabático; a veces se le impone, es decir, se le manda al paro y entonces puede disfrazarlo de año sabático, de mejor tono que el prosaico despido. La cosa se ha vulgarizado tanto que, incluso, se usa para esas ocasiones en las que, ante un fracaso amoroso, alguien recomienda tomarse un año sabático sentimental. A la gente le fascina lo extravagante y eso es precisamente lo que es un año sabático.

Por mi parte, en el sabático he vivido intensamente todas esas sensaciones. He vagado y divagado por el oceánico mundo de la disciplina sin saber muy bien si estaba perdiendo el tiempo o siguiendo una línea de investigación errónea, una especie de vía muerta, hasta encontrar algo cuyo trato me entusiasmara de principio a fin. Estudiar una institución panameña, desconocida a este lado del Atlántico, puede parecer extravagante e inútil. A mí me ha abierto las puertas al conocimiento del constitucionalismo hispanoamericano, al que me gustaría llamar hispánico y no lo hago porque resuena a ideologías fenecidas. Pero de ahí a haberse convertido en un perfecto desconocido en este hemisferio… ¿O es que alguien sabe que México tuvo un emperador de origen navarro, Agustín de Iturbide, Agustín I de México, considerado uno de los padres de la patria mexicana, fusilado por el general Santa Ana, el azote de El Alamo. ¿Y quién es Morelos, ese cura rebelde, héroe de la independencia mexicana, honrado hoy en día por el estado que lleva su nombre? ¿ Acaso mis colegas saben que la primera cátedra de Derecho Constitucional de las españas fue la de la universidad de La Habana en 1812 y que su primer sedente era otro sacerdote revolucionario, el padre Varela, que fue diputado en las Cortes de Cádiz y que participó en el secuestro de Fernando VII con el objeto de obligarle a jurar la constitución del 12, lo que le valió el exilio apresurado vía Gibraltar cuando se acercaban los hijos de S. Luis? Y si lo saben, no lo dicen, lo ocultan en el arcón del olvido donde yacen todas las frustraciones históricas de este pueblo que desde el 98 no se gusta, por eso, como dice Baroja, los españoles nos miramos mal cuando nos cruzamos por la calle.

Aparte de lo episódico/fantástico de una Historia política, la de Hispanoamérica, que parece extraída de una novela de Alejo Carpentier, el gran hallazgo es la madurez de las instituciones y las construcciones teóricas de un constitucionalismo coherente que, desde su nacimiento, produce constituciones con validez normativa, cosa que el constitucionalismo europeo y particularmente el español solo alcanzan bien entrado el siglo XX.

Nuestro constitucionalismo es vacilante, pastueño, no acaba de romper hasta 1978. Los intentos fallidos por emerger del espíritu del pueblo, 1812,1869,1873 y 1931,convierten el pesimismo en elemento esencial del inconsciente colectivo español. En todos esos momentos se ignoró el conocimiento y la experiencia de aquellos españoles; se limitó y en ocasiones se impidió su participación en las Cortes como diputados electos de las provincias de ultramar, a la que tenían derecho desde 1812; partían de cero, es decir, con la mente limpia y sin el lastre de las viejas ideas e instituciones; inspirados en la primera constitución escrita con validez normativa, la de 1787 de los Estados Unidos de Norteamérica, y sabiendo muy bien que solo hay constitución si se protege mediante procedimientos jurisdiccionales de control de los actos de los poderes públicos, como es el caso de la institución panameña, la objeción de inexequibilidad, vigente primero en Colombia desde antes de la independencia y objeto de mi excursión sabática.

Esa necedad de nuestro constitucionalismo se manifiesta durante los procesos constituyentes de 1931 y 1978, este último observado por mí directamente. Se ignora la opinión de ilustres constitucionalistas mexicanos, como Burgoa(1931) y Fix-Zamudio(1978), y de otros procedentes de Perú, Colombia y Venezuela, que se trasladan a España con la ingenua intención de mostrarnos una experiencia constitucional, la de Hispanoamérica, tan nuestra, y como todo lo nuestro, tan ninguneada. Los actores políticos de ambos procesos prefieren abandonarse a la seducción del formalismo jurídico kelseniano procedente de centro Europa. El acercamiento a Europa ha significado siempre el alejamiento de Hispanoamérica, otra de las constantes de nuestro espíritu. Hoy estamos comprobando que la fórmula escogida hace 30 años no solo no se ha consolidado sino que ha supuesto un rotundo fracaso. Por eso, prometo dedicar lo que me quede de vida profesional al conocimiento y difusión de la rica Historia constitucional de Hispanoamérica, a ver si aprendemos de una vez.

 

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