Mar Esquembre

La normalidad como meta

Autora: M.ª del Mar Esquembre

Una colega de la UNED me contaba el pasado lunes que al día siguiente no la podría localizar en el teléfono de su despacho porque celebraban un homenaje a las rectoras de las universidades públicas españolas. Pues será corto, pensé, porque de las 48 universidades públicas sólo 3 tienen actualmente rectoras; pobre balance si tenemos en cuenta que el acceso a la educación superior se autoriza en España definitivamente a las mujeres en 1910. Pero no. Las homenajeadas fueron 10, el número total de mujeres que han llegado a ser rectoras en el sistema público de universidades hasta hoy. La primera rectora (en 1982, de la UNED, por más señas) fue Elisa Pérez Vera, actual magistrada del Tribunal Constitucional. Curiosamente llegó a ser la máxima autoridad debido a una exclusión por ser mujer, pues la carrera diplomática, que era su deseo, estaba vedada a las mujeres. Lo mismo le pasó a Rosa Virós, ex rectora de la Pompeu Fabra, que tuvo que renunciar a la judicatura, profesión reservada a los varones en España hasta 1966, por haber nacido mujer. Eso la decidió a dedicarse a la Universidad, aunque a punto estuvo de no ser catedrática porque un miembro del tribunal de la cátedra a la que optaba le dijo que a los 50 años ya era demasiado mayor y que no le hacía falta ser catedrática porque ya lo era su marido. Otras, a las que me consta les han hecho comentarios similares, no han tenido esa suerte.

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Género y ciudadanía, mujeres y Constitución

Autora: M.ª del Mar Esquembre

 

“¿el contrato constitutivo que se invoca como legitimación del orden moderno puede ser extendido a nuevos contratantes, o bien el irrumpir en escena de estos nuevos participantes impone pensar en un contrato radicalmente diverso?” *

Abordar el concepto de ciudadanía desde la perspectiva constitucional significa no sólo su consideración desde la vertiente política sino también desde el Derecho, desde la perspectiva jurídica, porque el Derecho sirve para perpetuar situaciones de poder, pero también para transformar la sociedad. El Derecho, además del principal instrumento de ordenación social conocido, es “un sistema configurador de formas de vida y de relación” o, lo que es lo mismo, “creador de modelos, de principios y de valores” (1), y la Constitución, como norma suprema, aparece como máximo exponente de ello. Si el Derecho, y, por tanto, la Constitución, regula las relaciones sociales, ello incluye las relaciones entre los sexos. Y, en este plano, el discurso jurídico (también el jurídico-político o constitucional) ha reflejado (cuando lo ha hecho) históricamente la idea de complementariedad de los sexos más que la de igualdad de éstos (2), única forma de “legitimar una subordinación en un mundo regulado ideológicamente por la igualdad” (3).

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